9.1.07

Relatos breves



MIEDO Y LOCURA


§ Yathagua §

¿Por qué aquel desconocido la atacaba de tal forma? Tenia miedo. No encontraba un sentido y aquello la asustaba más que la persona de ojos febriles que portando un cuchillo se situaba frente a ella. Buscó en su memoria desesperada un motivo, un recuerdo bago que aclarase la situación pero el tiempo seguia detenido. Ningún ruido se oia. Ambos parecian estar ajenos al mundo, en un pais desterrado que sólo habitasen los dos. Él en su propio mundo de horrores y pesadillas y ella viviendo la pesadilla que él habia creado. No queria pensar que su vida iba a acabar así. ¿Dónde se escondía la lógica? Sólo pedia un porqué, una justificación. Algo que le explicase la razón de este fin que ya presentia cerca y que la asustaba. ¿Qué sentiría en ese preciso instante en que la fuerza escapase de su cuerpo? Tal vez recordaría su corta vida y entonces lo vería todo con más claridad. ¿Y después? Siempre existía un después que no conseguíamos conocer. ¿ Y si todo eso de los recuerdos y el túnel era simplemente el final de una mente que se negaba a desaparecer? Tal vez era la última noción de la conciencia y luego... El vacío. No podía acabar todo así, pero quizás éramos sólo animales demasiado inteligentes que aspiraban a que nada concluyese y por eso crearon el concepto del alma para acallar sus mentes mientras la vida durase. Acaso sólo teníamos esta existencia por muy ilógica, injusta e irracional que fuera. Entonces la muerte sería el fin, absoluto y real. Pero no podía creerlo. Ella sentía algo más que su propio cuerpo. Algo muy suyo, lo único que le había pertenecido y que pugnaba por salir de esas paredes de carne y sangre que lo aprisionaban. Miró los ojos de su atacante en un último intento de buscar una respuesta pero esos ojos sólo transmitían el vacío del alma de ese hombre violento. Quiso hablar, suplicar por su vida pero no logró articular palabra. Sus ojos se fijaron y se deslumbraron con el brillo del acero del cuchillo que como una deformación diabólica de su propia carne él sujetaba en su mano izquierda. No podía dejar de mirarlo. El mango de madera, la hoja, el filo y la poca distancia que separaba la punta de su pecho. Quiso gritar, zafarse de las cuerdas que la aprisionaban pero nada pudo hacer más que sentir como el frío acero horadaba poco a poco su piel. Intentó no respirar en un fútil intento de endurecer su carne impidiendo que la afilada hoja siguiese cortando su cuerpo. Todo era inútil y lo sabia, la esperanza se infiltraba en su animo como un dulce licor pero el dolor que desde su pecho se extendía embotaba sus sentidos y lo único que podía hacer era fijar sus ojos en el brillo plateado de la hoja que poco a poco se transformaba en el rojo color del infierno. Miró el rostro de su agresor y preguntó: ¿Porqué? El jamás llegó a contestar. Oyó la detonación de un arma de fuego y a cámara lenta vio sus ojos enrojecidos volverse vidriosos y luego por una milésima de segundo, por un instante infinito de tiempo sintió el horror y la desesperación que se escondían en su alma. Ya era tarde. En un último mandato de su mente enferma, en el postrer reflejo de su sangre podrida, él invirtió su estertor final en clavar la totalidad del cuchillo en su pecho y a través del dolor y la sangre descubrió su propia muerte...Los encontraron juntos, la mano de él sobre el mango del cuchillo que artificialmente surgía del pecho de ella. Su cabeza destrozada por la bala que él mismo había disparado. Sus sangres juntas, mezcladas, inseparables formando junto a los desagües de la calle un tenebroso río rojo de miedo y locura...