
Tras un extremadamente largo día en el que finalmente pude aprobar Derecho Laboral (y de la Seguridad Social también), al salir de la facultad, tenía dos sensaciones. Primero, aquella que es de las mas incómodas para un estudiante universitario, y es la de estar con un cansancio demoledor en el cuerpo y mente, pero sin siquiera motivos aun de festejar nada, por tener que rendir nuevamente en 48 hs. otra materia, y 3 días después de ésa, otra más. Una maratón de examenes que se viene repitiendo bastante últimamente, y en cada una, el estrés y los nervios rayan el límite de lo que uno puede tolerar. Se comienza a saber hasta lo que nunca se imagino que existía, y por culpa del tiempo - que apremia, escasea y se cotiza alto- los conocimientos se incorporan como una ameba absorbe una sustancia, asi de fácil y natural. Es asombroso de lo que uno es capaz en una situación límite.
Lo segundo, un tanto más romántico y, si, también un tanto estúpido quizás, pero no por eso menos llamativo. Al terminar de rendir esa bendita materia de Derecho, no pude evitar comparar la idea de que ir aprobando y pasando materias tenía una similitud con los caballeros del zodíaco y como iban pasando por las distintas casas. Se me hace aun más fácil de identificarme con la idea al tener materias cuatrimestrales. Pensar que uno al menos intenta, rendir 8 materias por año, divididas en 4 meses, significan 120 días que se le dedican a cada una. Cada materia es como una de las Casas de aquella entrañable serie. Pensar en los profesores como los caballeros de oro, que protegen esas casas y que, para poder pasar a través de ellas, nuestros poderes y armas son nuestros conocimientos, nuestra rapidez mental y nuestra dedicación.
A veces nos dan un duro golpe y en lugar de quedar ensangrentados y seriamente lastimados, ligamos un 4 o un 5, o directamente, que nos bochen por burros. En esos momentos, nuestra Saori -a quien los caballeros recurren cuando estan en las últimas- es pensar en que otros con menos potencial que nosotros se han recibido, y que el momento en que nos graduemos va a ser sublime. Ese pensamiento es el que, calculo yo, nos mantiene con vida, y nos hace levantarnos del suelo para dar batalla, una vez más. Cuando finalmente logramos nuestra meta, nada como esa dulce sensación de triunfo, de gloria, en ese momento en que el profesor/caballero, sella su firma, al lado de la fecha y del nombre de la materia, junto con la bendita nota que nos aprueba y nos permite pasar, hacia otra casa más, en donde nuevamente, deberemos estar a la altura de las circunstancias y recurrir, si es necesario, a nuestro 6º sentido.