Miércoles. Ese sinsabor que nos crea saber que ya paso la mitad de la semana -que por lo general es suficiente para acabar con todas nuestras fuerzas- y aún nos quedan largos días por terminar hasta llegar a ese descanso que es casi un suspiro, conocido como fin de semana.
Volvía de una clase escuchando música en mi mp3, tratando de despejar mi cabeza de una típica clase densa que te deja más preocupado que instruido. Caminaba por calle Córdoba llegando casi a Balcarce cuando de repente un tipo se baja de un bondi y asi como si nada, tira un papelito de alguna especie de caramelo u otra clase de golosina al suelo. Asi como si nada. Lamentablemente es casi habitual que la gente se comporte de esa manera. Lo peor fue que apenas un instante después comprobé que había un tacho de basura de esos de aluminio a apenas unos 5 metros de distancia. ¿Cómo se puede ser tan desinteresado por la limpieza? ¿Ni siquiera un poquito de cuidado por el medio ambiente? ¿Soy tan ingenuo de preguntarme estas cosas a esta altura del partido? Quizás un poco, pero la esperanza es lo último que se pierde, o eso escuché decir.
La cosa no terminó ahí. Mientras yo seguía embebido en mi estupor, no pudiendo evitar sorprenderme al punto de dejar una expresión de asombro en mi rostro al notar que este mismo hombre, el que descaradamente arrojó un simple pero tan vital envoltorio al suelo, va a encontrarse con su mujer y su hijo en la parada del colectivo. Supuse lo estarían esperando. Por su apariencia no era una persona a la que le faltaran recursos o no hubiese tenido acceso a una mínima educación. ¡Ni siquiera un mínimo del sentido de convivencia! ¡En esta ciudad -afortunada y lamentablemente- vivimos todos! ¿Que ejemplo le damos a las generaciones futuras? Que horror ser testigo de la decadencia humana. Me cuesta y me repugna saber que vivo en el mismo lugar del mundo con gente de esa calaña. Parece que no aprendemos más.